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Ventanas, de Christian Ibarra: mínimas formas del desprendimiento

Vamos pedaleando contra el tiempo,

soltando amarras.

-Jorge Drexler
 

Las ventanas siempre son motivo de reflexión.  En su virtud de poderse abrir y cerrar, imitan los márgenes de nuestra mirada.  Como ellas, los relatos del libro Ventanas (Libros AC, 2017), de Christian Ibarra suceden desde y fuera del tiempo.  Cada historia es como si fuera el contorno de otra.  Y así en pequeños recuadros nos revelan esa vitalidad que aguarda y se desvanece en las cosas aparentemente simples, “la maravilla abierta en otra parte”, como diría Andrés Neuman.

Ventanas ausculta la belleza de lo habitual.  Temas como el amor, la soledad, la amistad, la muerte y el paso del tiempo, convergen en escenarios cotidianos para instar un nuevo y más justo reconocimiento de lo que nos rodea.  Dígase un homenaje a la caducidad y a lo inadvertido.  De aquello que sucede y se nos escapa a la velocidad subestimada de un caracol.

“Mi madre preparaba buñuelos de espinaca, pastelillos de dulce de leche, sandwiches de pollo, y eso, sencillamente eso, era la vida.”

Si bien leer es un asomo, rectangular y transparente, la buena literatura está abierta.  Es una oquedad; una grieta en la realidad que se dispone a nombrarnos.  Es aquello que ocurre en el pasado y a la vez, dentro de una fotografía, como se aprecia en el cuento “Una caja de zapatos”.  Así y conforme a la visión teórica sobre el género del cuento de Julio Cortázar, luego de pasar por las páginas del libro, queda la sensación de que existe un instante afuera.  Lo que no conocemos, lo que no nos ha sucedido, la posibilidad de que suceda, es un mundo paralelo que espera ser completado o descubierto.

“Cierro los ojos y, afuera, regresa la lluvia.” 

Ventanas desarrolla una poética de la mirada.  Porque habla de aquello que vemos pasar, pero más de lo que ocurre en el cristal de nuestros ojos.

“…con la cara aplastada contra el vidrio.  El mar.”

El mundo que proponen sus páginas es aquel que nos evocan las historias de otros.  Las formas de la ausencia, por ejemplo, que podemos recordar con “López” y con “Julio”.  Las escenas del amor, fugaz o superviviente, como describen “El mar” y “La ola”.  Son todas, dimensiones que se suman a la atmósfera para hacernos partícipes.  Como se dijo al inicio, el texto trasciende sus contornos.  Porque no se trata de algo meramente cotidiano o incompleto.  Como leen los versos al dorso de una fotografía, en el cuento “Una caja de zapatos”:

“No es solo la ausencia

O la certeza de tu taza vacía,

Es la casa,

Las ventanas que ahora sobran.”

Resulta notable que los personajes de los cuentos no enfrentan situaciones límite.  No intentan escapar o trascender sus experiencias.  “−no tiene ganas.  Y mañana, quizá tampoco.”, rezan las últimas palabras del libro.  Sus voces son el tránsito de las emociones y del diaro vivir, construidos más como texturas que como historias.

El paso lento y aparentemente fútil de un molusco sobre la superficie de un muro, narrado en el cuento que da título al libro, puede ser cualquier otro animal e instancia y es en esa posibilidad donde realmente sucede.  Es el logro de fijarnos en las pequeñas cosas.  De reconocer su sincronicidad con lo que percibimos importante y eterno, aunque sea “un mero ejercicio de la imaginación, como aquellos que se inventan un futuro o rellenan calendarios y hasta sueñan.”

A pesar de la nostalgia y del deseo, el libro configura una exaltación del presente.  El instante es vitalicio y cónsono a la capacidad de percepción y valoración del mismo que consiguen los personajes y, probablemente, también los lectores.

“Estar en la cuerda es vivir, el resto es esperar.”

¿Cómo desprendernos de ese pequeño fragmento que somos y alcanzamos la eternidad?  ¿Cómo no mirar el infinito sin olvidar los límites de una ventana?

Léanse como posibles respuestas, los actos de desprendimiento que suponen cada uno de estos cuentos.  Si mirar es nombrar.  Si nombrar es reinventar.  La realidad se descubre en lo efímero.  La belleza existe porque se acaba.  “En qué momento dejó de ser ese lugar seguro o país en el que estuve”, reflexiona el protagonista del primer relato.  Y es precisamente eso lo que hacemos todos los días.  Desplazarnos.  Caminar hacia otro instante.  Construir una ventana desde la cual mirar el paisaje de otras vidas, de otras perspectivas y así, comprender mejor la nuestra.

Por:  Marta Jazmín García

Texto publicado en la sección En Rojo, del semanario Claridad, octubre (2018).

Christian en el desierto de Atacama

Foto por: Lula Lastra

 

 

 

Una muchacha que se parece a mí

Leemos para mirarnos y conocernos. Algo en el interior de un libro nos completa y a su vez, nosotros le completamos. ¿Cuánto se parece el autor a los versos que ha escrito? ¿Cuánto se parecen a mí, al lector, a otros lectores, a otros poetas? En la poesía, como en la realidad, todo parece y desaparece. Es precisamente en esa intermitencia donde alcanzamos una dimensión más amplia del mundo y de nosotros mismos. Pero, como bien nos enuncia el poemario, también nos ocupa «la forma secreta/ de las cosas».

Una muchacha que se parece a mí (Premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2016) insta a redescubrir la aparente simpleza de lo cotidiano y a abrazar la vida desde la imprecisión de solo parecernos. Somos en la posibilidad de ser. Nos parecemos a nuestros recuerdos y anhelos. También nos parecemos a los otros, a cómo nos recuerdan y nos sueñan. Pero somos en ese tejido vasto de la existencia la posibilidad de mirar y reescribirnos.

Quien habla dentro de estas páginas descubre, rememora, cuestiona y crea vínculos. Es una mirada introspectiva pero también una perspectiva del yo que trasciende sus propios límites; alguien que logra mirarse desde afuera, desde otras instancias, como un árbol («Hay un árbol blanco/ en medio de la noche/ que me mira») o hasta como un día de la semana («El domingo se voltea para verme mejor»). Ciertamente, cada escena y acontecimiento que se describe en el libro es en realidad el mundo que sucede en los ojos:

«Pájaros y peces
vuelan
acompasadamente
dentro de mis párpados.»

Desde el crisol de los afectos, la mirada enaltece y unifica: «el olor de tu piel se mezclaba/ con la sed del mar». Sucede de ese modo incluso con las palabras, cuyos referentes se transmutan para revelar otras posibilidades, tanto semánticas como fonéticas. Las palabras se parecen unas a las otras. Pues, si bien pueden decir cosas similares, también nos revelan aquello que no hemos dicho y que aun así nos sobrevive, a nuestros miedos, al paso del tiempo: «del verbo lámpara/ exudo niebla», o como cuando «escribo la palabra oído y salta la palabra odio. Es normal. Las palabras hacen eso. Dejan semillas que después germinarán». Si bien es un juego de la paronomasia, no podemos precisar cuánto el lenguaje se nos parece verdaderamente, puesto que la poesía trasciende las palabras. De ahí que algunos versos del libro se completan con la suspensión. De esa manera, conjuntamente con la poeta, el lector aprende «a estar/ en el borde de las cosas».

En Una muchacha que se parece a mí, cada poema es un ejercicio de contemplación y remembranza. Nada es una afirmación, con toda la ambivalencia que esta oración expresa. Así en los poemas, el amor y la felicidad no surgen de la afirmación y la certeza. La mayor plenitud pervive en la fugacidad y la imprecisión de las cosas. Así, como una contorsionista que «deja de ser alguien», la poeta estira el verbo «parecer» y se encuentra con su esencia. «Parece que he sido feliz. (…) Parece que yo también he sido una niña subida en árboles muy altos, con una madre hermosa y lejana, gritando un nombre».

Más que una conciencia, la contención semántica que puntea en los versos radica en la presencia. No se trata de saber nombrar sino de vivir aquello que no tiene nombre. De la imposibilidad de ver o saber, emerge el deseo de mirar y vivir. Como dicen los versos del poema «Los días que pasan»:

«Y yo que no sé casi nada. Y yo que no he visto
casi nada. Vivir así, con esta conciencia
de lo que no se sabe. De lo que no se puede
saber.»

Precisamente la sección que le da título al libro, revela la plasticidad de lo aparente. Esto incluso desde la escritura, pues aquí la autora difumina las formas de la poesía hasta llegar a la prosa desde donde enhebra una discusión metaliteraria: «suceden las palabras. Sucede el silencio detrás de la palabra. Suceden los ruidos que no entienden de palabras. Sucede el árbol. Sucede lo que no veo. Y como si fuera poco, sucedes tú.”

Además, en la sección «Falso instinto» el libro describe a una voz poética que, paradójicamente, se sirve de su fragilidad para enfrentar el mundo. En estos versos, la escritura es un salón de espejos. De ahí que el peligro solo pueda existir por el temor que albergamos. Por eso aprendemos a pronunciar desde adentro, a decir lo que pertenece al silencio para ponernos a salvo:

«Pero estoy, a veces, tan pequeña
tan ilusamente indefensa.

Que soy débil, lo sé.
Que soy fuerte, también.
Que a veces me atormenta el llanto de algo
que se oculta.

Parece que la casa tiene miedo
de mis miedos».

Conforme a la visión surrealista, la niñez es una constante en el libro que evoca, no una reiterada vulnerabilidad, sino un estado de pureza y apertura. Por eso la voz poética está consciente del tiempo pese a que no cree en sus límites. Sabe que hay otro mundo detrás del mundo. Indaga en ese estado primario de la existencia como una forma de rebeldía con la que descubre infinitas posibilidades frente a los límites de la realidad:

«Yo alargo esta niñez que se acabó.
No entiendo nada.
Falso instinto. Falso
tiempo en el reloj».

Bien podría ser la niñez, también, un símbolo del infinito. Pues, siendo el momento que suponemos más lejano de la muerte es, por consiguiente, el más amplio y fértil para la creación. Por eso en los poemas de este libro la poeta es una niña, una muchacha y una mujer, indistinta y repetidamente:

«Hay veces que me siento tan lejana, como acabada de sacar
de algún extraño lugar
colocada, de pronto, en medio de un collage».

En el poemario, no podemos precisar una edad, un lugar o una circunstancia unívoca de la hablante. Todo sucede en un presente impreciso para que pueda parecerse a todo.

«Mírame ahora
terrible y exacta como soy.
Boceto inocente de la imperfección».

Finalmente, podemos decir que las páginas de este libro concatenan el recorrido del amor. El paisaje concreto que circunda esta experiencia se completa con preguntas, con presentimientos y con añoranzas. Es la voz de una escritora que reconoce su oficio, de una madre que habla a su hijo que está en el vientre, de una mujer enamorada, de la niña que siempre sobrevive a esa mujer. Se trata sin duda de la felicidad, esa palabra tan escurridiza como imprescindible, a la que Margarita PIntado redefine con incertidumbre e indefensión, con ternura y sensibilidad de poeta. Una muchacha que se parece a mi cumple el propósito de la buena poesía: transcender las palabras y parecerse a la vida.

-Marta Jazmín García

en la foto:  Margarita Pintado

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Texto publicado en República Dominicana, Revista Global, 77 (2018): 26-27

La ciudad que no existe: sobre Urban feels, de Carlos Eduardo Silva

What´s your proposal? To build the just City? I will.

Mystan Hugh Auden

 

La poesía sobre la ciudad suele ser solitaria.  No en el sentido de presentar pocas interacciones o diálogos, mucho menos de convocar pocos lectores, sino por la introspección que provoca.  Estos poemas nos invitan a mirar la multitud, el paisaje compartido, como proyecciones de nuestra identidad y de nuestros recuerdos.  Esas veces en que la ciudad es también un modo de ser todas las personas que nos habitan:  las de antes, las que alguna vez nos contaron y las que un día seremos.

El escritor Roberto Arlt decía que somos pensados por la ciudad y creados por ella.  El poemario Urban Feels, de Carlos Eduardo Silva (Alayubia, 2016) afirma que la ciudad es también nuestra forma particular de inventarla.  En el marco de todas estas posibilidades, el poeta recorre los espacios urbanos de Ponce.  Se trata de un escenario donde convergen lo familiar y lo extraño.  Pues, el sujeto que observa y rememora en los versos, se enfrenta a la transformación de los espacios que reconoce en su entorno.  Mirar atrás.   Reconstruir el pasado.  Aunque no se trate de invocarlo únicamente al modo de lo que Walter Benjamin llamó la experiencia plena: un estado de felicidad definitivamente perdido.  En Urban Feels el recuerdo no sustituye al presente, la nostalgia es el deseo de la nostalgia en sí misma, por lo que no pretende comparar ni enmendar nada.  Solo es:  “el deseo propio de la noche, /el deseo de la noche por mantenerse noche.”  El deterioro de la ciudad, sus alcantarillas, los residuos de una vida mejor forman parte de la ciudad.  “Aquí se viene a encontrar/ sufrimiento sin el preludio del miedo.”  Después de todo, quien mira es quien atribuye los afectos.  Como dice el poema “III” de la sección “Ventana”:

La ventana es el mueble más triste

de la ciudad,

{…}

un triste espejo a la inversa

que te duplica

y te demuestra el rostro

hecho de muchas luces.

 

La ciudad sucede en los ojos, en la ventana, en el deseo y la voluntad de ver.  El lugar desde donde se mira determina así el nacimiento y la caducidad del paisaje.  Por eso, más que presentar, los versos de Urban Feels sugieren espacios.  De ahí que el paso del tiempo no es lo que transforma la ciudad, sino la sensibilidad inagotable del poeta    “La vitrina ya no está /pero el vidrio siempre existe”.  Se trata de un límite que es en realidad un punto de partida para un conocimiento más amplio del entorno y de la propia persona:

Desde esta ventana al borde

de un abismo de luces

se pueden aprender muchas cosas

 

En Urban Feels la ciudad es un personaje  Con ella, el poeta reitera su humanidad y alcanza otra ciudad que trasciende los recuerdos:  el espacio creativo, “las ganas intensas de que el mundo nos duela”.  Pues además:  “eres la nostalgia desde que naciste.”  Llevada a este límite,  la experiencia perceptual insta al encuentro con otra dimensión de la realidad, a conectarse con esa “carne del universo” que decía Maurice Marleau Ponty refiriéndose a los significados que no transcurren explícitos ni estáticos y que solo se encuentran mediante la reinvención incesante del lenguaje.   “¿De donde salen/ los deseos inhabitados del silencio?”  Quien observa, pronuncia y reescribe continuamente el objeto de su atención.

Urban feels celebra el predominio de los sentidos.   Sentimos y no siempre sabemos cómo.  Por eso el poeta sale a descubrir la ciudad en horas de la noche.  Pues, si bien la materia prima de la percepción es la incompletud, la subjetividad, la ciudad sucede mejor a oscuras.  Sucede en muchas partes y hay que mirarla desde múltiples ángulos.

He visto los pedazos caer como estrellas

y quiero yo

caer como del sexto piso de un edificio;

caer sobre los espejos de la calle lluviosa

 

La ciudad que no existe, solo se siente, se reinventa con cada mirada del poeta.  Emerge, al ritmo de sus diferentes perspectivas:  del cuerpo, del tiempo, de la noche, de la soledad, del deseo, del silencio.  En todo momento, el poeta reconoce que su recorrido abre la puerta a otro lugar más allá del que sus sentidos le permiten identificar.

Qué hay de mi cuando  la noche se duerme

junto a todos los demás,

cuando se llega tarde a esta fiesta

de constelaciones.

Queda la opción de emborrachar

a las alcantarillas

y buscar lo despreciable

en las calles de otro mundo.

 

Desde una ventana o bien desde sí mismo, el poeta recorre la ciudad.  A través de esa misma ventana, otras formas de la ciudad también recorren al poeta.  De ahí que la incertidumbre y las pequeñas intermitencias que describen algunos versos del libro no representan un obstáculo para la construcción del paisaje, por el contrario, consiguen recrear múltiples dimensiones y hasta un sentido de plenitud:

La ciudad me miraba por la ventana

y mi desierto arrastrado en la cama

se hacía paraíso.

 

La voz poética es un ente introspectivo y soñador que nos invita a recorrer su territorio desde la idealización.   De manera que, si bien la perspectiva que propone el poemario es la de un extranjero, en el sentido de alguien que es capaz de asombrarse con cada transformación del paisaje, la lectura de los espacios urbanos que ofrece el libro  también presupone una mirada endógena.  Esto,  a partir de los afectos que despliega el poeta y con los que fusiona elementos de la realidad con su experiencia personal de nativo ponceño.  Como describe en el poema “Postes de ron”:

Fluye por el eco

de la voz de Daniel Santos

la luz anaranjada,

luz que trae el mar bajo el cemento.

 

La imagen del mar, elemento distintivo de Ponce, sobresale como metáfora del devenir de la ciudad que ha crecido conjuntamente con el poeta, que se de(s)vela y erige en el vaivén de sus añoranzas.

La playa de Ponce es

la verdadera ciudad.

{…}

la evidencia de que en la vida

solo se intenta morir.

 

Un aspecto sobresaliente en el poemario es precisamente la connotación de la palabra muerte.   Como sugieren algunos versos, morir es el intento de la vida.  Es una conciencia vital que se antepone al miedo.  La caducidad y la transformación energizan y nombran.   En esta ciudad, los transeúntes más valientes arriesgan así sus pasos.  Saben que el paisaje terminará tarde o temprano, pero no así sus vivencias.  Es esto precisamente el recorrido de Urban feels, los afectos que prevalecen y la mirada que siempre se renueva.  Aunque el camino se desmorone en los pies, la ciudad siempre sucederá en los ojos.

La vida se escapa

por pequeños rincones

que se abren en la calle.

{…}

Estos rincones, hoyos hacia el infierno,

inhalan peatones suicidas,

homicidas que atacan su destino

 

La muerte, el silencio, la oscuridad, el vacío, forman parte de la arquitectura de la ciudad en Urban Feels“ser parte del mundo -si lo hay-/ y quizás el vacío sea parte de nosotros.”  Como nos dice el poeta, la ciudad también es lo pequeño, el lugar del encierro, la introspección.  Esas perspectivas del ente creativo que son formas de la voluntad:  un homenaje a los valores propios que se crean del entorno:

He decidido que aquí puede ser la vida,

ignorando la grandeza de todo

entre las pequeñez de estas cuatro paredes

y el olor de esta botella azul.

Finalmente, el libro Urban Feels conmueve por la exaltación de lo afectivo y la palabra creadora.  Nos invita a cerrar los ojos, a disfrutar el silencio, a caminar frente al recuerdo más significativo.  La ciudad que homenajea el libro es la ciudad de Ponce.   Pero bien podría ser Mayagüez, San Juan, Barcelona o Alejandría.  Puede ser un sollozo en la almohada o un espacio cuadriculado en la ventana de cualquier cuarto.  Solo existe esa ciudad; la ciudad que no existe y que constantemente inventamos.  Esa que siempre surge al “sentir las ganas incontrolables/ de cerrar los ojos /y alcanzar el fuego.”

-Marta Jazmín García

*Texto publicado en la Revista Ceiba,  Año 16. Núm. 1, mayo 2017 (115-118)luces

 

El camino de la errancia: sobre Ciutat, de Zaira Pacheco

Ciudad siempre es una palabra extranjera.  Refiere a ese lugar al que asisten los otros y también, la forma de nuestra identidad menos conocida.   Todos los días arribamos al encuentro con nosotros mismos, a  ese lugar intrínsecamente ajeno, distante; el paisaje inevitable que es habitarnos.  Por eso la palabra ciudad, puede ser otra manera de nombrar la soledad, una isla o un espejo.  Porque, en ocasiones, el único lenguaje posible es la poesía.

Ciutat,  primera publicación de Zaira Pacheco (La Secta de los perros, 2016) es el diario de una caminante.  Desde este lado del libro, Barcelona, el mar Mediterráneo, la avenida Aragó y el invierno, irradian metáforas del sujeto migrado.  Compuesto de treinta y cinco poemas breves que atisban en algunos momentos el lenguaje reflexivo  del argentino Sergio Chejfec y también la poética de la soledad del nicaragüense Francisco Ruiz Udiel , en cada una de las piezas del poemario emerge la voz de quien  intenta documentar la incertidumbre y la fatalidad del tiempo.  En sus páginas no se pretende llegar a ninguna parte.  Por el contrario, la nada es asunción:   una forma de conciencia vital:

Asisto a la víspera de mi partida

[…]

Calculo el volumen que conforma

cada partícula del lapso

en donde ya no estoy.

Con la valentía de quien observa sin la pretensión de entender o solucionar, cada poema de Ciutat se vuelve espejo con que develar un estado del alma.   Pues, tal y como sucede en las páginas del libro, lo no conocido se transforma en sapiencia para quienes atravesamos esta ruta de vida, en este preciso momento.  Ahora, en esta realidad que nos ha tocado, cuando cualquier instante es anacrónico si se mira con deseo.  Ahora, cuando nada nos pertenece y nos toca asumirlo.  Ahora es mañana y el pasado tampoco ha sucedido. Lo aparente es la realidad.  “Mi extinción habita el paisaje que contamina”, dice la poeta.

Tal parece que volvimos a Vallejo.   Expresa sobre la joven poesía latinoamericana de este crucial periodo, el crítico Julio Ortega.  Ha emergido una poesía que es también un modo de supervivencia, una decodificación de la errancia, una nueva forma de ser, parecer y satisfacer con las palabras:

Yo hago que te escucho

pero solo rememoro conversaciones que dije mañana

Repito algunas frases en catalán que he memorizado.

Asida de la imprecisión, Zaira Pacheco formula un lenguaje concreto de preguntas: ¿Cómo reinventar el espacio?  ¿Hacia dónde caminar cuando el lugar siempre es otro?  ¿Qué hacer cuando el camino es una grieta, el rastro de una herida que se aproxima sin que podamos salvarnos?  Dice el poema IV:

No es el encierro.

Es la puerta a medio abrir.

La holgura donde no estamos.

Si bien nada nos pertenece, Ciutat propone el desprendimiento, el saldo de la carencia como una ganancia.  De ahí que las certezas que entrecruzan el libro son contundentes.  Son certezas porque son deseos:  la única forma de prosperidad:

Sé del mar cuando anochece.

Allí entierro todo lo que prospera.

El deseo de encontrar algo

entre la negrura del oleaje.

Ni la oscuridad, ni la errancia obstaculizan la vida.  Después de todo, como reza uno  de los versos del poema XI: “No siempre encontramos la paz/ en el sosiego” y también el poema XIV:  “Los únicos paraísos posibles son los perdidos”.  Por eso,en este panorama imbricado de querencias, el futuro no existe.  “Los después se escurren”, dice el poema XXIV.  El deseo es al mismo tiempo brújula y llegada.   La voz poética interpela esta contradicción:

Me gustaría ser avisada

de esta tendencia engañosa

del tiempo.

Ciutat es ese no lugar que busca encontrarse en la realidad, por fin, tratando de nombrar todo aquello que ahora solo parece o que simplemente no existe.  Sin embargo, la voluntad no siempre engendra un camino.  La poesía de Zaira Pacheco así lo cuenta;  que tal vez haga falta otro lugar en donde estar a salvo, una ocasión en que la “ciudad” suponga estabilidad y sentido de pertenencia:

Pero no soy capaz de huir.

Las llaves se pierden como de costumbre.

{…}

Se pierden las brújulas.

La geografía se desentiende.

La ciudad que nos presenta Zaira Pacheco también podría llamarse intemperie.  Ese desamparo que, erigido en su voluptuosidad, nos hace parecer más  pequeños.   Sin embargo, todo es apariencia.  Pues ni siquiera el fracaso es alcanzable. En ese camino de la errancia hasta “la fragilidad pesa. / Es de todo menos frágil.”  dice el poema XXII.

Leído el libro Ciutat, queda la sensación de haber construido un mapa. Porque mirar una ciudad en otro idioma, es descubrirnos también de otro modo. Tratar de construir aquello que nuestra voluntad no alcanza.  Si afuera, en la realidad, siempre es de noche y distante, escapar es inútil.  Ser extranjeros también nos puede devolver a casa.  Solo tenemos que asumirlo.  Vivir y terminar de apagar todas “las luces de esta calle” porque, como afirma la poesía de Zaira Pacheco, “en la opacidad irradiamos”.

-Por:  Marta Jazmín García, 2017

en la foto:  Zaira Pacheco

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Texto pubilcado en la Revista 80 grados y en el suplemento En Rojo, del periódico Claridad (abril, 2017)

No es el tiempo, es la poesía: 2059, antología personal de Raquel Lanseros

Decía el poeta español José Hierro que la poesía se escribe cuando ella quiere.  Es en esa suerte de espontaneidad y franqueza donde emergen los versos más filosos y trascendentales, precisamente porque nacen de la necesidad del mundo antes que de la voluntad de su enunciador.  Me atrevo a afirmar que tal es el magnetismo que produce la poesía de Raquel Lanseros.

La suya es una expresión que trasciende los límites territoriales y que llega a los lectores como una auténtica y lúcida exploración del sentir humano con la que todos podemos identificarnos.

Encontré por primera vez la poesía de Raquel Lanseros en Los ojos de la niebla, su tercer libro publicado que fue para mí, como bien me anunciara el título, una alternativa para mirar y traducir la incertidumbre de estos tiempos que corren.  De igual manera me sentí con sus otros libros Diario de un destello y Las pequeñas espinas son pequeñas, pues aun en los versos donde se anuncia la soledad, el pertinaz paso del tiempo, el desamor, la muerte, no predomina una perspectiva decididamente nostálgica o triste.  Por el contrario, en sus versos,  muchos de los pasajes que refieren instantes dolorosos se transforman en sentencias de sabiduría  que exaltan una voluntad optimista frente a la imposibilidad de evadir el sufrimiento.  Tal y como declara en su poema “El hombre que espera”:

No hay desdicha que le haya sido ajena.

No existe humillación que desconozca.

Es por eso que sabe hablar de amor.

Nunca es tan sencillo ni justo definir brevemente el trabajo de un autor cuando se trata de alguien con la trayectoria y la productividad de Raquel Lanseros. No obstante, creo que a lo largo de sus páginas se puede apreciar una poética del tiempo. En su universo, las leyes físicas se adhieren a los márgenes de la intuición y de la sensibilidad. La niñez y la muerte remiten a un escenario común. Es decir, son al mismo tiempo antípodas y rutas convergentes; instancias que la poeta reconstruye a través del lenguaje. Así, donde es imposible recuperar el pasado, emerge la memoria y donde es insostenible la incertidumbre del futuro, impera la imaginación. Como inquiere en su poema “Al calor de un angel”:

Me habían dicho que un día seria grande.

Pero de estas cenizas nadie me había hablado.

No morir. ¿Como se hace?

¿Con honra? ¿Con ejemplo?

¿Con la imaginación?

¿Con la memoria?

La muerte que pronuncia Lanseros no es, sin embargo, esa que conocemos como un final rotundo. La poeta nos habla de una vida que se “entrega por capítulos” y nos parece reafirmar que para sentir la vida, para invocarla de verdad, es necesario agudizar la conciencia de la muerte. En su poema “Un joven poeta recuerda a su padre”, la voz poética parece alcanzar esta conciencia cuando expresa: “mi corazón dividido y atónito,/ comienza a descubrir que la vida va en serio.” Esto, refiriéndose quizás a ese momento en que por fin somos capaces de percibir el peso y la caducidad de un instante en esa “línea vacía de contenido” que es el tiempo, en palabras de Lanseros.

De ese modo y ante la imposibilidad de entender o calcular este misterioso designio que  nos mantiene vivos, queda abrazar el lugar inamovible de la poesía, pues como reza otro de sus poemas:

La verdad no esta en nadie, pero acaso las palabras pudieran engendrarla. 

Precisamente con las palabras, la poeta impone su voluntad frente a la incertidumbre, su sensibilidad frente al temor de mirarse en el espejo de la senectud y de la nada, pues “Siempre quise una muerte a la altura de la vida”, afirma en el poema que da título al libro que hoy nos convoca: “2,059”. Y es esta la fecha hipotética/ poética de un plazo vital exacto y acuciante, que por su inusitada presencia en el calendario, invita a redefinir el paso del tiempo, a mirarlo en proporción del intento y la perseverancia y no del miedo, pues como expresa su poema “Puestos a preferir”:

Olvidar el aroma de la lucha es también perecer, es apartarse

ser un triste reflejo

no ser siendo

imitar el mohín de los sepulcros

diluyendo la nada sobre el algo.

Yo creo en la vida, sí, pero con tilde.

La vida que es la muerte amordazada.

La voz poética de Raquel Lanseros se decanta por la suficiencia y el riesgo de vivir, de ser. En esa disposición, vemos cómo la vida comienza, abarca el territorio del cuerpo, la fibra de lo inmediato. Pero más aún, la vida se va construyendo en el deseo y también, en el lugar de lo imposible. En uno de sus poemas más emblemáticos, la voz poética expresa:

Llore yo todavía

por sueños imposibles

por amores prohibidos

por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado

Esencial en la poesía de Raquel Lanseros que podemos encontrar en esta antología, presentada por Ediciones Aguadulce, es el menoscabo de la fatalidad. A su modo de ver el mundo, las puertas del tiempo no son fechas que indican un límite, sino puntos de fuga, convergencia y continuidad donde se entrelazan las experiencias de todos los seres humanos. Justamente, en uno de sus poemas la autora se equipara en términos cronológicos con otros poetas, resaltando así el carácter inmortal y fecundo de la palabra, una vez pronunciada:

Tengo los mismos años que vivió García Lorca

trece menos que Rilke

dos más que Pizarnik

tres menos que Pavese.

Un año más que Whitman cantándose a sí mismo.

Concluyo que 2059 no es una fecha de muerte.

Esta antología de poemas, primer libro puertorriqueño de Raquel Lanseros tiene como título una fecha de incesante nacimiento. No únicamente porque al final del poema homónimo sea la figura de una madre quien enfrente la violencia de la mortalidad, sino además porque nos invita a mirar en retrospectiva todo lo que su autora ha escrito antes y mientras sucede esa fecha y aun después, cuando su voz siga entrelazándose infinitamente con sus lectores. Porque no es el tiempo, es la poesía y como dice Raquel Lanseros: “Poesía es lo contrario de la muerte/ esta certeza súbita de lo desconocido”.

-Marta Jazmín García Nieves

 

Presentación del libro 2059, de Raquel Lanseros

Texto leído el sábado 3 de diciembre de 2016, en la librería El Candil de Ponce, Puerto Rico.

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